El Ser Educable, Razón y Sentir
Para comprender al sujeto
que se busca educar, es necesario abarcarlo y comprenderlo en su complejidad. Fundar
la educación en la compresión del individuo total implica tener una nueva comprensión
del individuo que piensa y el individuo que siente y que viene a nosotros para
aprender y para formarse, en un ambiente que le proporcione alegría y
bienestar.
Maestros y estudiantes
participamos de una misma naturaleza: somos razón y también intuición, lo cual
debe de hacernos solidarios. Tener un espíritu humilde a la vez esté
relacionado con la actitud del educador que se pone en el lugar del otro y
trata de enseñarle y orientarlo desde su condición particular.
Es preciso reconocer que
para llegar a la plena comprensión de la realidad y para acceder a la
perfección (espiritual), cual es la máxima aspiración, habrá que transitar,
necesariamente, por ambos caminos: el de la razón y el del sentir.
El sentir: Antesala del
razonar.
Tradicionalmente se
considera que la puerta de acceso al conocimiento, como proceso y como
producto, son los sentidos, a partir de los cuales se abren ilimitadas
fronteras para explorar.
Es sabido que “todas las
decisiones sean triviales o trascendérteles, siempre llevan un componente de
emotividad. Podemos decir que la intuición, que es una característica típicamente
humana, es hija de la combinación entre emoción e intelecto, entre razón y corazón”.
(Parra, 2004:68)
Para poder ser maestro es
necesario amar algo; para poder introducir algo es necesario amarlo. Nadie puede
enseñar lo que no ama.
Freud había descubierto que
el amor y el desamor, el recuerdo y el olvido dependen de lo que uno pueda
integrar en una forma aceptable a su ser. Es preciso combinar razón e intuición.
La razón pretende dar razón de
las cosas en profundidad y para ello, emprende una marcha hacia el fundamento
de lo real allende. “Es una marcha problemática y siempre abierta que tiene que
apoyarse en el campo de lo real sentido” (Zubiri, 1982:233). A partir de las
conductas exhibidas, es posible indagar en el individuo cuales son las
motivaciones de su proceder, para tener una idea acertada de como orientarla
hacia su desarrollo y realización personal.
Nada hay en el entendimiento
que antes no haya pasado por los sentidos.
La capacidad de raciocinio lógico
es una facultad necesaria en el proceso de humanización. Pero dicho proceso
seria ineficaz si se desconocen los beneficios del sentir. La razón está
incompleta sin la intuición, sin el sentir, ya que, al decir de Bergson (citado
en Le Presbitre: 1983:60) esta “nos ayuda a sentir palpitar el alma de las
cosas”.
Primum (Non) Gnocere
Al decir de Fernando González
(1998:110), “la conciencia está inmersa en el cuerpo”. La toma de conciencia (la
racionalización) no consiste en inventar problemas, sino en enfrentar lo que la
vida misma va ofreciendo a cada individualidad y, en ella, al hombre como tal. En
ese sentido, define la conciencia (la capacidad de razonar) como “objetivación de
lo que conocemos” (Ibíd: 115) y llegamos a eso desconocido por la experiencia,
captada y asimilada por los sentidos, por padecimiento de las cosas.
El educador debe ayudar al
educando a apropiarse conscientemente en su realidad, que es la realidad como
tal, esa realidad única que posee, la que le llega y por la que se percibe y se
conduce como hombre.
Zubiri contradice el
divorcio tradicional entre inteligencia y sentidos. Sostiene la enorme
importancia que tienen todos los sentidos para la intelección de la realidad;
de tal manera, el que está privado de uno de ellos, sea el que fuere, está
obturando lo que aprende (unos contenidos) y, lo que es más grave, una forma
insustituible de aprehender la realidad.
Primum vivere deinde philosophare.
Las pasiones que mueven al
hombre desde los más íntimo, se generan por estimulo del medio circundante. Se busca
confrontar la realidad, con un hacerse consiente de; ósea, no huyendo a los
problemas que nos da la realidad, porque la realidad se nos da problemáticamente,
como lo afirma Zubiri; con el mismo se puede decir que se trata de una vuelta a
las cosas, sin prejuicios y con el espíritu de quien quiere apropiarse de
ellas.
Dicho esto, en este largo y abierto camino que comienza en los sentidos, pasa por el logos y termina en la razón, ¿Cuál sería la manera más adecuada de educar y/o de ser educado?
Un buen camino es volver
sobre principios sencillos como: “solo aprendemos en verdad de aquellos a
quienes amamos” (Goethe); “un individuo alegre aprende mucho más fácil que uno
que no loes”, “aprendemos lo que tiene significado y utilidad para nuestra vida”
(Ausubel); “el acto de educar es, ante todo, un acto de afecto” (D.Goleman; M.
de Zubiria).
Llegar a la víscera de los
sujetos que se educan, antes de llegarles a la cabeza. Enseñarles como dirigir
la realidad y, antes de hacer esfuerzos-a veces inútiles- para teorizarla y
para sembrarla en el cerebro de los otros, llevarlos a su sentir, a sus
emociones, a sus fibras intimas que es donde se incuban los sentimientos, para
luego traducirse en conocimiento.
Educadores y educados deben,
entre ambos, recuperar esa sensibilidad hacia el mundo, de emocionarse y
asombrarse ante él. Querer acceder a él sin la participación de los sentidos,
del sentir es como saltarse lo dado (lo natural) e ir directamente a lo
construido: a los medios artificiales creados, meras imitaciones de los
atributos otorgados por la naturaleza.
Llevar al individuo a
simplificar la realidad, haciéndola digerible para el espíritu humano.
Conducirlos hacia el propósito noble y terminal de formarse para el conocimiento,
la comprensión, la transformación social y la humanización, pero sobre la base
de formarse como personas que aprendan, por estos medios, a conquistar la
felicidad.
Para saber educar hay que
saber cómo está conformado el ser humano. Saber cuáles son los mecanismos que
movilizan sus sentimientos (sus emociones) y su razón; así mismo, como se deben
intervenir; que hay que estimular, cómo y en qué momento, para facilitar el
acceso a la realidad, para que sea adecuadamente digerida, asimilada y
expresada.
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